Miguel Ángel Blanco, mártir

Rafael Montero Artigas
Los del relato se encargan de apagar o encender la memoria en su propio beneficio. Siempre interesados en que le cuadre la historia y construir una verdad servil a sus intereses. Se trata de hacer ver un bodrio en lugar de la realidad. Para los que ya peinamos canas, aquel 13 de julio del 1997 acabó siendo el principio del fin del terrorismo de ETA a manos de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Una inmensa picadora de carne que soportamos durante décadas. En el camino 850 muertos, 2600 heridos, 90 secuestrados y miles de familias destrozadas. Con tan macabro record, viven tranquilos los que los jalearon y otros que miraron para otro lado por el asqueroso interés (alguien se acordará de la frase del árbol y las nueces).

Miguel Ángel fue secuestrado el 10 de julio por la banda terrorista, dando esta un ultimátum al pueblo español: Si no se acercaban los presos al país vasco matarían al concejal de Ermua. El gobierno se mantuvo firme y el 12 de Julio lo asesinaron con dos tiros en la nuca. La reacción popular durante el tiempo dado por los asesinos fue enorme, todos salimos a la calle. Grito salido de lo mas hondo de las entrañas del pueblo que no pudo parar la voluntad de los carniceros. El humilde concejal de Ermua fue enterrado en su pueblo. Pasado el tiempo, los valientes «gudaris» se dedicaron a destrozar la tumba de aquel muchacho bueno, activo socialmente, preocupado por las cosas de su pueblo. No solo lo mataron, ahora se trataba de matar su memoria. Una y otra vez atentaron contra su tumba, la escoria nacionalista se cebaba con un muerto.
Su familia, harta de tanto atropello, trasladó los restos a una aldea gallega, el origen de su padre, donde los familiares del terruño cuidan su tumba. Ahora, los que lo mataron son héroes en el País Vasco, recibidos con aplausos por la gentuza sectaria, mientras el Estado se hace el distraído. La memoria histórica sirve solo intereses concretos, el concepto se ha deteriorado sin ninguna credibilidad. Miguel Ángel es un inconveniente para los que ahora se encaman con los del tiro en la nuca. Ya son demócratas, con pagas, subvenciones y relatos limpios de sangre y pólvora.
Mi querido lector, si viviste aquellas horas de luto anticipado, falsas esperanzas y el dolor de la perdida, te cabe la responsabilidad de contar la historia a tus hijos y nietos, no vaya a ser que acaben por asfaltar el descanso eterno de aquel jovenzuelo inocente a manos de los que ahora votan civilizadamente con las manos llenas de su sangre seca. Ni perdono ni olvido





