
Rafael Montero Artigas

Las emociones son reacciones neurofisiológicas rápidas y automáticas del cuerpo ante un estímulo. Chispazos de miedo, alegría, susto etc. En cambio, los sentimientos son el procesamiento mental y consciente de las emociones, cuando les ponemos palabras y nos percatamos de lo que estamos experimentando. Siento el latazo del arranque, pero es fundamental tener claro estos dos conceptos. Lo emocional se ha adueñado de nuestras vidas; imposible razonar o debatir cuando el que está enfrente tiene una carga emocional desmesurada. Los argumentos basados en razonamientos caen como moscas frente a gente que te cuenta lo que siente. El debate tiene una base racional, las emociones deben de quedar aparte. En estos días he recibido decenas de invectivas en redes sociales por atreverme a sostener que las razas domesticas no tienen que ser alimentadas a campo abierto. Hostias como panes por argumentar los destrozos que causan a la fauna local alimentar gatos de la calle. Imposible argumentar con gente intransigente que cierran la mente al destrozo ecológico que están produciendo. Curiosamente dicen ser animalistas. Se sienten bien haciendo una obra desinteresada, dando de comer a especies invasoras (fundamentalmente gatos y palomas). En ningún momento he puesto en duda su buena fe, pero el destrozo en nidos, huevos, reptiles y demás animales autóctonos es descomunal. Implantar un animal doméstico en la naturaleza desplaza la fauna existente y la extingue. Mascotismo lo llamaba nuestro llorado Félix Rodríguez de la Fuente y el CSIC advierte de este peligro en parques como el de Doñana. Hace años entendimos que los perros son vectores de enfermedades y creamos perreras y protectoras para tenerlo fuera de la circulación (en otra ocasión hablaré del abandono, que da para diez artículos). De igual manera, palomas y gatos son un peligro ecológico y sanitario, pero se han montado colonias silvestres como si esa fuera la solución. Retroceder el camino andado y rectificar, parece imposible, los prejuicios animalistas no van en la buena dirección. La conclusión no puede ser otra que: los animales domésticos deben estar en las casas y el resto de la fauna en el campo. Observa mi querido lector que las golondrinas están desapareciendo, llevas años sin ver salamanquesas en las paredes, los murciélagos huyen víctimas de los alumbrados urbanos etc. No todo es debido a la alimentación indiscriminada, pero sí en un altísimo porcentaje. La vida se empobrece mientras alimentamos a sus nuevos depredadores. Arreglar el desaguisado ya queda lejos del individuo. Este articulo me puede reportar odio, pero es lo que tiene la disidencia. Debieran ser los políticos los encargados de poner orden. A ver quién le pone el cascabel al gato.
Posdata: Aviso para odiadores: No tengo nada en contra de los gatos, los perros o las palomas.






