Las Tarjetas de Sergio

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Sergio Rodríguez

Los primeros componentes del “Pazito a Pazito”, más que un club, formaban una familia. La mayoría de sus miembros eran muy amigos y el ambiente de camaradería primaba sobre todas las cosas. Por supuesto que competían entre ellos, pero lo de correr se lo tomaban básicamente como una diversión, un desahogo contra el día a día de sus trabajos. Con este panorama, es fácil intuir que las anécdotas que se originaban por cualquier “minuencia” estaban, también, a la orden del día. Y oigan, todas contrastadas como la que cuento hoy. La protagoniza, como otras muchas, Enrique López, quizá el más cabezota y cachondo del grupo más veterano del Pazito, integrado mayoritariamente en aquellos primeros tiempos por amigos que procedían del fútbol local y provincial. Pues bien, en una de tantas carreras, concretamente celebrada en La Zubia, Enrique iba a dar la nota. Es sabido que por muy bien preparado y buen corredor que seas, siempre puedes tener un mal día en lo físico. A Enrique le costó la misma vida terminar la carrera aquel día. Casi llegó arrastrando a la línea de meta y, a falta de un metro y medio, se paró en seco porque, según él, ya no podía más. Tan cerca estaba que todos le apoyaban para que diese dos o tres pasos más, pero Enrique, erre que erre, decía que no podía moverse. Hasta el juez de meta le dijo “venga, hombre, unos pasos más y ya está”, topándose con la cabezonería de Enrique, que no se bajaba de su burro particular. Así siguió la cosa durante un buen rato, hasta que de pronto le da por mirar atrás y ver a un corredor, uno más, que lo iba a superar. Como un resorte, Enrique se levanta y cruza andando la meta diciendo: “cruzo la meta porque ese que viene es mi hijo y vamos, no faltaba más que me ganase”. O sea, que le sobrepasaron un montón de corredores, pero con la familia no se juega.

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