
Rafael Montero Artigas
Tiempos convulsos, la política mantiene a la población revuelta. Los intereses de unos y otros intoxican la convivencia de un país dado a encabronarse a las primeras de cambio. Los discursos se van encendiendo conforme se aproxima la fecha de las próximas elecciones. Las fronteras de la ética ya han sido rebasadas, nadie se controla cuando se trata de llevar el voto a su saca, el precio lo pagarán otros. La falta de escrúpulos pesa como una losa para el esfuerzo de progreso de un país. En 1930 el partido nazi consiguió 107 escaños quedando segundos en esas elecciones. Consiguieron polarizar la situación del pueblo alemán acusando a los judíos de todos los males. Los judíos se quedaban con el dinero de los buenos alemanes. Los bancos, comercios, trabajadores y empresas judías se quedaban con todo. Los millones de parados y la ruina de la república de Weimar era culpa de los judíos. Ya sabemos cómo acabó la cosa, aunque parece que se nos ha olvidado. Cada vez que alguien estigmatiza a un colectivo, está cumpliendo con el mismo rito ya usado por el tipo que luego provocó una guerra y el exterminio de millones de personas. Y todo empezó con el lema de que los judíos nos roban, se aprovechan de nuestros servicios y no aportan nada. Te sonará la letra, es la misma que ahora utilizan algunos para justificar la ineficiencia de la clase política: los culpables pueden ser los empresarios ricos, los autónomos que se lo llevan todo o los inmigrantes, culpables de usar nuestro sistema de protección social. A aquellos mítines del año 30 asistían jovenzuelos encandilados por el discurso de la gran Alemania. Años después, muchos de ellos murieron en el frente oriental sin explicarse porqué. Antes de eso, se vivieron episodios sangrientos en las calles como la noche de los cristales rotos. Luego llegó la degradación como ciudadanos de determinados colectivos (los judíos y su estrella amarilla para salir a la calle, los homosexuales etc.). Y el pueblo alemán lo vio normal, el discurso había calado y la juventud desfilaba orgullosa por las calles, cantando canciones y dando palizas a ciudadanos de segunda. De modo y manera que, cuando oigo a un político haciendo culpable a un colectivo determinado de la ruina del país, obviando intentar hacer la mínima autocrítica, se me vienen a la cabeza las imágenes de jerarcas nazis dando discursos exaltados. Y entonces siento miedo, pero también la necesidad de escribirte esto, mi queridísimo lector. Tú vales más que eso.





