

Rafael Montero Artigas
«Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles» (Bertolt Brecht). Ahí está el límite, claro y diáfano. El tamaño de la obra de un hombre pasará examen cuando ya no esté; será momento del recuento de su paso por la vida. ¿Y luego qué? Solo el paso del tiempo hasta perderse en la lontananza. Así debe de ser, en medio quedará un rastro de bondad que otros podrán seguir como parte de la obra de la humanidad.
Durante nuestra vida, surgen oportunidades de hacer lo correcto, facilitarle la vida a los demás, cometer errores y repararlos etc. Podrás practicar virtudes como la lealtad, la honradez, compasión, piedad, empatía, respeto, tolerancia, honestidad y una larga lista de tareas. De esa lucha habla Brecht; naturalmente todo exige un esfuerzo a cada paso del camino vital, cada recodo obliga a tomar el camino y la decisión correcta, cada decisión exige valor.
El buen caminante se enfrenta, a cada paso, a la duda de si el trayecto que sigue es el bueno; si no lo fuera, está obligado a volver sobre sus pasos y retomar el sendero principal.
Yo he tenido la suerte de crecer con tipos que guiaron mis pasos cuando no sabia por donde tirar. Hace sesenta y tantos años conocí a los amigos que todavía conservo, gente que me pusieron en la tierra cuando lo necesité. A estas alturas lo que va tocando es mirar hacia adelante y ser consciente de que lo mas gordo de la vida ya pasó.

En tan largo trayecto, en raras ocasiones, encuentras algún ángel. Criaturas llenas de bondad, a los que les puedes contar todo, lo más oscuro y lo más claro. Si tienes la suerte de encontrar a alguien así, comprobarás mi querido lector, la paz que lleva a tu vida. Ángeles en la tierra que tienen manías humanas como las de ser del Real Madrid o hacer paellas para romperse las manos aplaudiendo. Cosas mundanas para disimular las alas y poder extender la bondad hasta el infinito. Seguro que tú has conocido alguien así, y, si todavía no, no te preocupes, ya aparecerá. Pero ten en cuenta que no duran siempre, vuelven al cielo, una cabronada para los que se quedan. Debe ser una regla de primero de Ángel que firman al nacer: todo tiene que tener un final. Bien jodido que se queda el personal cuando el Ángel levanta el vuelo. Ley de vida, peaje que tenemos que pagar por haberlo conocido.
Cuatro compadres desde que tenemos uso de razón, vidas trabadas por el cariño que nuestros hijos han heredado, orgullosos de verlos despedir a nuestro Ángel: Rafael Gallardo. Rotos de dolor por el amigo perdido el jueves nos despedimos, desvalidos, arrebujados unos con otros: Sus hijos con sus consortes, nietos, Charo y su familia, nuestros hijos y nosotros, sus compadres; afuera aparte de decenas de personas que lo trataron. Su familia, la que fabricamos durante decenas de años, cosidos a golpes de lealtad y amor. Una cosa te digo compadre, nos dejas solos, pero no de rodillas, hasta el último suspiro seguiremos con la tarea más importante: Vivir… Y luego volver a vernos, espéranos en el cielo para el rentoy.





