El Rincón del Disidente

Comercial Ruival

Rafael Montero Artigas

“Cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio también” (Jean Paul Sartre)

En el tiempo actual, una porción importante de gente ni siquiera sabe quién es Sartre, la palabra es un valor deteriorado. Responsables de esta situación somos todos. A un tertuliano, lo único que se le exige es hablar bien de quien le paga y muy mal de los otros. La base intelectual de la opinión pública está en manos de gente mediocre, solo tiene que agradar a los que les pagan, sin ninguna preocupación por las consecuencias de sus palabras. Sartre es rehén de servidores apesebrados, con la prohibición de pensar más allá del dictado de quien les paga. Lo correctamente político, mi querido lector, acota tus posibilidades de librepensamiento. Las normas de lo que es correcto, defendido por una horda de policías de la moral, te impiden pensar fuera del tiesto. Tomemos un ejemplo gráfico: ¿Cuántas veces oyes la frase “clases desfavorecidas”? Y otras tantas, “clases privilegiadas”. El término desfavorecido viene a significar que carece de ayuda o apoyo económico, mientras que privilegiado es un adjetivo que indica a quien goza de ventaja, derecho especial o posición favorable frente a los demás. No es extraño oír hablar de cómo el estado depredador de impuestos se lleva entre un 30-60 por ciento del dinero del rendimiento de unos y lo reembolsa a la clase “desfavorecida”. Ósea, que con el dinero de unos hace favores a otros. Debiera de llamarse clase “favorecida” con multitud de ventajas sociales, hechas con la economía del trabajo de la mal llamada clase “privilegiada”, cuyo único privilegio parece ser pagar, poner el lomo y seguir trabajando. No tengo nada en contra de los efectos sociales, ni tan siquiera de cómo se repartan, allá cada responsable, pero es indignante el poco respeto social mostrado a los que ponen su dinero en manos públicas para mantener el nivel de vida de la nación. ¿Dónde está el privilegio? Pagas tus impuestos y guardas cola como los demás. No tienes preferencia a la hora de escoger el colegio de tu hijo, los accesos a crédito barato, tampoco, y así decenas de privilegios negados en base a tu renta. Y lo más sangrante es ver como el dinero que aportas es ideologizado, despilfarrado y ninguneado por una casta política que deja bastante que desear y sobre la cual nadie nos pide opinión. A la gente que aporta, trabaja todos los días y es constante en el esfuerzo, la llaman privilegiada, cuando la debieran llamar: Burro de carga en manos de malos arrieros.

Aguisur

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