Las Tarjetas de Sergio

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Sergio Rodríguez

Siempre se ha dicho que para enseñar algo o aprender de ese algo, nada mejor que experimentarlo en carne propia. Vamos, que nadie escarmienta en cabeza ajena. En el mundo del fútbol, arbitraje incluido, se suelen hacer cosas que no son correctas, pero se pasa la mano y, con ello, volvemos a las andadas, y así una y otra vez. Hasta que, claro, llega un día que se corta por lo sano. Les cuento lo que vi con mis ojos en la liga de peñas que organizaba mi amigo Antonio Escámez. Solía ocurrir que los equipos apuraban al máximo para entregar las fichas al árbitro antes de empezar los partidos. En muchos casos se retrasaban y el árbitro de turno se veía obligado a demorar el comienzo de los mismos. Y como los partidos solían sucederse en cadena, el retraso en el comienzo del primero se reflejaba en el retraso del segundo. Y si en este segundo también se habían entregado tarde las fichas, pues más demora añadida para el tercero. Así, era normal que el último partido programado comenzase con más de media hora de retraso sobre el horario fijado. Estas cosas, en el fútbol federado no solían suceder, pues el árbitro lo reflejaba en el acta y a los equipos causantes les caía una sanción por parte del comité de competición.

Pero las peñas son otro mundo, y las palabras de advertencia se las acaba llevando el viento y las consecuencias también son nulas. Pues bien, Antonio Escámez, el jefe, llevaba tiempo conminando a los equipos a que presentaran las fichas con tiempo, pero estos no terminaban de tomárselo en serio. Un día, Escámez dijo que se acabó el cachondeo y pasó del dicho al hecho. Había acabado mi etapa en el arbitraje federado y estuve un tiempo pitando a las peñas. Un domingo por la mañana, terminé mi partido y el siguiente le tocaba arbitrarlo a Escámez. Cuando llegué al vestuario allí estaba él esperando que le presentaran las fichas. Los dos equipos se las dieron unos cinco minutos tarde, pero él no dijo nada y comenzó a reflejarlas en el acta. Mientras escribía dieron las 11, hora prevista del comienzo del partido, y él puso en marcha su cronómetro. A las 11:10, cuando terminó de pasarlas al acta, vi que miró el crono y salió al terreno de juego para comenzar el partido como si no pasara nada. Una vez que me duché y terminé de redactar mi acta, decidí quedarme unos minutos a ver el partido que pitaba Escámez y, aproximadamente en el minuto 35, pitó el final del primer tiempo ante la perplejidad de los dos equipos, que se fueron hacia él para decirle que se había equivocado y había pitado diez minutos antes, a lo que respondió que no, que el tiempo era el correcto. Como seguían insistiendo en el error de Escámez, este les enseñó el reloj y les dijo “¿a qué hora era el partido? A las 11, ¿no? Pues son las 11:45, así que ya sabéis”. Y se quedó tan a gusto. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Y aquello sirvió para los presentes y para el resto, porque se corrió la voz de lo sucedido y los equipos se contagiaron del virus de la puntualidad. “De los escarmentados salen los avisados”

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