La fiesta española          

El Grupo

El Rincón del Disidente

Rafael Montero Artigas

Hay dos Españas: La de las declaraciones de crisis, en los telediarios y la otra, la de la fiesta constante. Después de Reyes, lo siguiente son los carnavales que duran hasta el miércoles de ceniza, luego la semana santa, la Feria de Sevilla, el Rocío y otras romerías, las Cruces de Mayo y una larga reata de ferias y fiestas que jalonan el final de la primavera y todo el verano. El estío es tiempo de chiringuito diario y fiesta patronal; la última de postín cae el 12 de octubre y de ahí saltamos al puente de todos los santos. A eso se añaden, claro está, las fiestas particulares: bautizos, bodas y comuniones. Nuestro almanaque tiene decenas de números rojos. En dichos números vivimos los españoles con toda naturalidad. Es normal oír como la gente pide un crédito para ir a una romería, comprar trajes regionales o preparar un evento familiar. Vida de cigarras para luego quejarse de la crisis. En estos días, el episodio ha sido la Feria de Sevilla. Decenas de influyentes, en las redes sociales, enseñando sus trajes para la feria, bailando y dándole al cristal como si no hubiera un mañana. La España feliz y tiesa convive con la ruina. La pregunta es: ¿dónde queda el trabajo? ¿y nuestro futuro? Decenas de euros quemados en fiestas porque nosotros lo valemos. Miles de horas de fiesta y otras tantas de absentismo laboral. Y lo que más jode es que el tipo que se esfuerza por trabajar y levantar una economía familiar, está hasta mal visto. Estamos a diez minutos de convertirnos en un país bananero, cuyo éxito más espectacular será haber conseguido aprender a bailar sevillanas. Menos samba y más trabajar.

J. Salcedo

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