
Rafael Montero Artigas
La libertad es la facultad humana para actuar según la propia voluntad, permitiendo elegir el rumbo de la propia vida. Fíjate, querido lector, la vida que nos ha correspondido vivir, al parecer el régimen de libertades de los países desarrollados no tener fin. Nuestros datos debieran de estar protegido en una sociedad libre, pero cuando vas a un negocio de comestibles, en una gran cadena, te ofrecen una tarjeta de compra. En dicha tarjeta van tus datos, lo que compras, cuándo y cómo lo compras. Ponemos al servicio de esa empresa nuestros hábitos, de lo cual se aprovecha para influir en lo que comes, bebes y hasta con qué te limpias el culo. Cuando pagas con una tarjeta de crédito ofreces una nube de información de la que se aprovecha el estado y los bancos. Nuestro rastro digital va dejando una estela de datos que nos convierte en masas de consumo, vigiladas por el padre estado. Ya no queda espacio para el libre albedrío; la influencia de un ente superior deja poco margen a disponer de nuestra economía. Todo está dirigido desde arriba.

Los coches eléctricos son el futuro; fabricantes de automóviles han decidido que el coche que tienes ya no vale, la nueva generación de vehículos ha sido puesta en órbita sin preguntarnos a los que vamos a pagar el pato. En esta semana Volkswagen anuncia el despido de 100.000 trabajadores, síntoma preocupante de que alguien ha decidido el destino de muchas familias y la vida tal como la conocemos. La movilidad está cambiando, mientras el parque de vehículos envejece y se ¨cubaniza¨, básicamente porque las familias se resisten a cambiar de coche, reparándolo una y otra vez. Ni las subvenciones y ayudas convencen, a quien tenga dos dedos de luces, de embarcarse en la compra de un vehículo para el que nadie te asegura suministro de electricidad suficiente para todos. Si hubiera un cambio radical del parque, no habría suficiente electricidad, aparte de la poca garantía y los riesgos de tener una batería descomunal en una cochera de aparcamiento. Alguien en algún lado, con los pequeños gestos como el de usar dinero digital, nos guía y nos mangonea, convirtiendo al moderno hombre de la IA en el más tonto de la historia. No estamos tan lejos de la Rusia de Stalin, con su Gosplan (comité estatal de planificación) controlando todos los aspectos productivos de la nación, los famosos planes quinquenales que acabaron siendo un fiasco. Poco espacio queda para la libertad






