Pasa la vida

Congelados Campoy

El Rincón del Disidente: Rafael Montero Artigas

El mes de abril, cuando yo era chico, significaba cumplir un año más y ser grande. Ese tiempo ya pasó, voy a cumplir 70 años y el final de la carrera está más cerca. Algunos de mis coetáneos ya han picado billete, otros están pachuchos. Ley de vida, sin rencor de tiempo pasado, así que lo suyo es dedicar el resto que me quede a pasarlo de la mejor manera posible, sin convertirme en un mueble.

Hace tiempo decidí no jubilarme mientras pudiera, todavía no soy clase pasiva, ya no dirijo mi negocio, pero trabajo en la escuela canina que fundamos hace siete años mi socia y yo. Todos los días trabajo con perros de clientes, con los de la unidad y algunos canes desgraciados a los cuales no les puedo negar un rato de mi tiempo. El caso es que sigo aprendiendo, estudiando y aplacando mi curiosidad.

Llevo una vida normal sin hechos relevantes, tratando de no hacer daño a nadie. No veo la televisión, leo las redes sociales y la prensa. Podría decir que el mundo está loco, pero si lees historia, mi querido lector, te darás cuenta de que no es una novedad. Desde Hitler hasta hoy, la cuota de hijos de puta que han tratado de meternos por el aro se cuenta por docenas, de modo que todo lo observo con la distancia que dan los años.

Nuevos tiempos, discursos antiguos, desgraciadamente ninguna novedad. El racismo, la xenofobia, la violencia, el ansia expansionista etc. La civilización recorre con paso cansino la misma vereda una y otra vez; salvadores de la patria, abogados de pobres, amos y esclavos. Y en medio el pueblo llano, saltando de una crisis a la siguiente como liebre en un sembrado. Atrás quedan pandemias, por cierto, mucho más dañinas que la última, que tampoco nos liquidaron (la peste acabó con el 60% de la población de Europa).

Así las cosas, el objetivo que tú puedes controlar pasa por salvar la convivencia entre los del pueblo y poco más. Eso debería incluir enseñar en las casas el respeto a los demás, en todos los sentidos. Parafraseando a mi adorada maestra Doña María del Carmen Sobrón, de ella la aprendimos y algunos todavía la recordamos: “La libertad de uno termina donde empieza la de los demás”.

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