(Mayo, 2004) Sergio Rodríguez: «En los setenta, la única salida deportiva que tenía un niño era el fútbol»

Cafetería Siglo XX

Sergio Rodríguez González, Sergio “Rex”, es uno de los referentes del fútbol modesto en Motril; jugador, entrenador, árbitro, directivo y, sobre todo, «alma mater» de uno de los clubes sin los cuales no se podría entender la historia del balompié local, el Tiburón

Miguel González

Nacido en los años 60, al igual que otros clubs emblemáticos del fútbol modesto motrileño, caso de Los Leones, Rayo, Independiente o JAC, el C.D. Tiburón dio sus primeros pasos en el campo de La Junquera, un terreno habilitado en las inmediaciones del Club Náutico y la refinería de aceite en espera de la construcción del Escribano Castilla.

Recuerdo haber estado en ese campo viendo a mi hermano Miguel, pero nunca jugué en él. Yo entré en el primitivo C.D. Tiburón en 1971, como juvenil. Era una época muy distinta a la actual a todos los niveles y en el fútbol local no iba a ser menos. No había más campo que el Escribano Castilla, así que jugábamos una semana sí y otra no. Eran nueve o diez equipos los que componían la competición… El presidente era José García Béjar, «Quitapenas».

El panorama deportivo del Motril de hace treinta años no ofrecía un abanico tan amplio como el actual…

Por entonces el fútbol era el único deporte asequible a un niño «normalico». No había posibilidad de practicar otras modalidades, hasta el balonmano era algo casi exclusivo del colegio de los Agustinos, y la natación para qué voy a contar, sólo estaba al alcance de los pudientes… Si es que entonces ni siquiera se jugaba al fútbol-sala. En aquellos años era hasta difícil encontrar un balón para jugar en la calle. Cuando llegabas a un barrio con un grupo de amigos para jugar un partidillo, el dueño de la pelota era el que mandaba; o se le daba la razón o se acababa el partido, ¡qué tiempos…!

Las dificultades se extendían también al fútbol federado…

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En la temporada 74-75, el antiguo Tiburón C.F. se proclamó campeón de la Liga Local Juvenil. De pie, de izda. a dcha.: Elio, Carlos, Ezequiel, Sergio Rodríguez, Fernando Aguado, Gotera, Rafael Montero y José García Béjar «Quitapenas». Agachados: Terrón, Cabrera, Ceretta, Padilla, Feriche, Moro y «Tocinero».

Todo se centralizaba en el Escribano Castilla porque no había otras instalaciones. En las horas que coincidían todos los equipos para entrenar nos teníamos que repartir el terreno de juego de tal manera que había días en los que te podía tocar un área para realizar un entrenamiento con quince o veinte jugadores. Si alguna vez te tocaba el centro del campo te podías considerar capitán general.

Pero volvamos a ese Tiburón que usted reflotó…

El Tiburón desapareció durante un par años y en la temporada 79-80 lo volví a sacar como Atlético Tiburón y con la misma equipación que siempre había tenido, es decir, camiseta a rayas azul y blanca y pantalón azul; esa primera temporada tuve un equipo infantil, al año siguiente también saqué un alevin y un juvenil, y así sucesivamente. Durante dos temporadas llegamos a tener ocho equipos: tres alevines, dos infantiles, dos juveniles y el conjunto aficionado.

¿Cuántos jugadores llegó a tener en una sola temporada?

En la época que tuvimos los ocho equipos llegué a manejar alrededor de 160 jugadores, lo que acarreaba un trabajo enorme porque, aunque tuve la ayuda, entre otros, de Juan «Mereñas», Rafael Toret o Antonio Ruano como entrenadores, yo era el que lo llevaba todo; incluso hubo hombres que tuvieron que figurar como directivos porque yo, al estar de jugador, oficialmente no podía serlo.

¿Y el presidente?

Era Manolo Durán «el moro». Precisamente tuvimos nuestra sede en un bajo propiedad suya que estaba situado en la calle Naranjos.

¿Se puede relacionar geográficamente el origen de su Tiburón con alguna zona de Motril ?

La cantera del Tiburón nació en La Fabriquilla. El Santa Adela era por entonces el que copaba la mayoría de los colegios, así que elegí un descampado que había detrás del actual edificio de la Fabriquilla para montar dos porterías pequeñas y empezar a hacer competiciones entre equipos de críos; de ahí iba sacando posteriormente los jugadores.

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Sergio Rodríguez recibe una placa de manos de Paco Bustos en una entrega de premios de la Federación Granadina de Fútbol

Aparte de formar todos esos equipos, costearlos sería toda una película en aquellos tiempos ¿es así?

Pues más o menos. Por ejemplo, en cuanto a la equipación se refiere, existía la posibilidad de comprar el material al 50% con la Federación. Yo cogía lo que correspondía al Tiburón y, aparte, a los equipos que no tenían intención de hacer compras les pedía que solicitasen su correspondiente pedido a mitad de precio y yo me hacía cargo del mismo. Luego, si los niños querían unas botas, se las daba y les decía que me las fueran pagando como pudiesen; así, un día llevaban un «durillo», otro día me llegaban con diez pesetas, etc…, aunque al cabo de un par de meses acababa diciéndoles «mira, no me deis más». Había algunos a los que incluso tenía que regalárselas porque verdaderamente no podían costearlas.

Los métodos de financiación no se quedaban ahí…

Nosotros generábamos nuestro propio dinero con rifas, lotería y con una taquilla que poníamos cuando jugaba el equipo de Preferente. Aparte, existía una taquilla común de todos los equipos de la cual se sacaba para pagar los arbitrajes y, si sobraba algo, se repartía.

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Plantilla del Atlético Tiburón que se proclamó campeón de la Primera Provincial de Juveniles en la temporada 83-84. De pie: Antonio Ruiz, Manolo Durán, Reyes, Sáez, Lupi, Rubiño, Enamorado, Espejo, Castilla y Sergio Rodríguez. Agachados: Barbero, Pintor, Julio, Rico II, Ricardo, Hernández, Jorge Castro y Rico I

Sergio, ¿son muy diferentes los niños de antes con respecto a los de ahora en su actitud ante las cosas?

Los chavales de ahora, aparte de tener mucho donde elegir, lo quieren tener todo muy fácil. Antes, a los niños les encantaba entrenar, sin embargo, hoy, como les digas algo que les contraríe, no van ni a jugar el partido…

Pasan los años, el C.D. Motril desaparece y nace el Motril C.F. En la creación de este último el Tiburón y usted tuvieron mucho que ver…

Por supuesto, la plantilla fue una especie de fusión entre jugadores del Santa Adela y del Tiburón. Incluso en el primer partido que jugó el nuevo Motril C.F., en Salobreña, tuve que poner yo las camisetas y las botas y sacar el equipo porque Wilder aún no había llegado de América. Estuvimos dos años como filiales del Motril y el primero de ellos también estuve en la directiva del nuevo club.

¿Cuándo decide dejar el Tiburón?

En la temporada 87-88, cuando entré en el colegio de árbitros. Pepe Puertas llevó al equipo un año más aunque yo seguí con todo el papeleo. Después el club desapareció hasta que, unas temporadas después, Francis Domínguez, decidió resucitarlo.

«Siempre les dejé claro a los chavales que, antes de ser jugador, hay que saber comportarse como persona»

¿Qué razones le llevaron a dejarlo todo? ¿la rutina? ¿tal vez el aburrimiento?

No, simplemente llegó un momento en el que me pregunté «qué pinto yo aquí». No me arrepiento de aquella etapa, pero tenía muchos sinsabores por parte de los jugadores. El equipo aficionado llegué a quitarlo porque no encontraba colaboración en ellos. No podía ser que tuviera que ir detrás de tíos como castillos para que cumplieran con unas mínimas normas de urbanidad dentro del vestuario.

¿Imponía unas normas estrictas?

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En un bajo de la calle Naranjos, propiedad de Manolo Durán, tuvo su sede el Atlético Tiburón

No creo que fuesen estrictas, pero siempre tuve claro que antes de ser jugador hay que ser persona y comportarse como tal. El pelearse, increpar al árbitro a las primeras de cambio o no obedecer las consignas que les daba llevaba acarreada la sustitución del jugador; el ganar o perder era algo secundario para mí. Jugándome un campeonato con los infantiles no me importó retirar a un jugador que no se comportaba como debía y quedarme con diez sobre el campo.

¿Qué le dice el número 74.610?

Es imposible olvidarse de ese número y tampoco de esa fecha, el 10 de enero de 1981. Dimos el segundo premio de la Lotería Nacional. Vendimos 42.000 pesetas y dimos más de 300 millones en premios. Se dio la circunstancia de que nos tocó el dinero en el Sorteo del Niño y decidimos reinvertirlo en la lotería del día 10. El premio fue muy repartido, nadie ganó una fortuna. Cada participación estaba premiada con 400.000 pesetas. El que más, ganaría cinco millones. Así que hubo mucha gente que se «entrampó» gastando aquel dinerillo.

¿Qué beneficios dejó al Tiburón aquel premio?

Conseguimos algunas equipaciones, pero no redundó como debía. Quizá si todos los décimos los hubiésemos metido en un banco, éste habría tenido algún detalle, pero fui dejando un poco en cada banco por aquello de la cafetería Rex.

Un buen día decide entrar en el mundo del arbitraje…

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Otra de las facetas que abarcó Sergio Rodríguez en el mundo del fútbol fue la del arbitraje. En la foto posa con sus jueces de línea, Benito y el desaparecido Rigoberto Guillén, y los capitanes del Nerja y Atlético Tetuán en el partido que disputaron estos dos equipos en el Trofeo Ciudad de Motril de 1994

Me hice árbitro porque me gusta y por seguir en el mundo del fútbol. Lo dejé porque llegada una edad te absorbe mucho tiempo y, además, las aspiraciones de continuar en 2ª B como asistente de Peregrín se fueron al traste al impedir esa función a los colegiados de Preferente.

Retomemos el tema del Tiburón, ¿cuál fue el mayor triunfo deportivo?

En 1.983 quedamos campeones de la 1ª Provincial de juveniles. Nos jugábamos el título en el Padul a falta de dos jornadas contra el equipo de aquella localidad. En el primer tiempo jugamos muy mal y nos fuimos al vestuario perdiendo 0-1. Dentro de la caseta les dije de todo a los jugadores, aunque nunca personalizando, yo siempre generalizo y el que se tiene que dar por aludido se da perfecta cuenta. Nadie rechistó. En el segundo tiempo jugamos como nunca y acabamos ganando 3-1. Cuando entré al vestuario todos los jugadores estaban callados esperando a ver por dónde les iba a salir yo después de lo bien que jugaron en la segunda mitad, pero cuál sería su sorpresa cuando lo primero que les dije fue que eran unos sinvergüenzas. Se quedaron atónitos. Luego les aclaré que pudiendo jugar como lo habían hecho, no tenían derecho a haberme hecho pasar el mal rato de la primera mitad. Después corrió la fiesta.

Sergio podría estar horas y horas contando episodios y anécdotas de su amplísima trayectoria en el mundo del fútbol, ahí va una de ellas…  

En alevines hubo un año en el que el equipo A se jugaba el campeonato en un partido contra el B, siendo yo entrenador de este último. Como jamás he dicho a nadie que se deje perder, tomé la decisión de sacar a mi equipo sin ninguna consigna táctica al terreno de juego, pero la primera mitad finalizó con empate a cero. Decidí entonces sustituir a mis tres mejores jugadores al inicio de la segunda mitad, pero los minutos pasaban y el cero a cero seguía inalterable. No era cuestión de que nosotros le quitáramos el título al primer equipo y «regalárselo» al Almuñécar, el otro implicado en la lucha, así que, viendo que la cosa no tenía «arreglo», no tuve más remedio que acercarme a mi lateral, el Tocinero, que estaba haciendo un partido perfecto, y decirle que se hiciera el tonto en alguna jugada y que dejara pasar a Molinilla, el mejor jugador del A. En los últimos diez minutos nos metieron tres goles.

Reyma

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