Miguel González

1 de abril de 2006. Había transcurrido aproximadamente la mitad del primer tempo cuando las miradas de los 3.000 espectadores que presenciaban el partido entre el Motril C.F. y el Granada Atlético dejaron de fijarse en el balón. Una stripper búlgara, Dimitrina, saltó desde la grada de General al terreno de juego ataviada únicamente con unas zapatillas de deporte y, levantando una minipancarta en la que se leía “Infraestructuras ¡Ya!”, se dirigió contorneándose al centro del campo. Asombro, revuelo, risas, y la joven es retirada entre aplausos por los miembros de la Policía Nacional presentes en el Estadio. Apenas sin tiempo a asimilar lo sucedido, es Alexandra, también desnuda y calzada con unas chanclas, la que repite el número. El colegiado almeriense García Rodríguez vuelve a parar el partido hasta que la chica, de nacionalidad rusa, abandona el césped “escoltada” por los agentes de la Fuerza Pública y entre los gritos de “¡¡otra, otra!! provenientes del graderío.

Todo aquello había estado organizado por la revista “El Batracio Amarillo”, que, aprovechando la trascendencia del encuentro –tercero y segundo de la clasificación en el Grupo IX de 3ª División- quería reivindicar de manera notoria el estado de abandono en materia de infraestructuras que sufría la Costa. Pero “El Batracio” no apareció por ningún lado porque según su editor, Javier Martín, “no queríamos publicidad para nuestra revista, sino que todo el mundo conozca que, por culpa de los políticos que nos han gobernado durante los últimos 30 años, aún no tenemos autovías”. La repercusión mediática fue tremenda: noticia en telediarios nacionales y extranjeros, portadas y páginas en periódicos, incluso un amplio reportaje en la revista “Interviú”. Según comentaba Javier Martín a Mucho Deporte unos días después, “nadie, salvo unos cuantos policías que estaban advertidos, sabían del espectáculo que íbamos a montar”. Asimismo, las únicas condiciones que pusieron los policías fueron “que en las pancartas no se faltase el respeto y que las chicas no corrieran ni se opusieran a la detención”. Sin pretenderlo, el editor del Batracio se metía en un buen lío pues, aparte de las multas correspondientes tras identificarse ante la policía como organizador del acto, hubo de cargar con los gastos de la vuelta a Rusia de Alexandra, “no sabía que carecía del permiso de residencia; ella y su jefe, el propietario de un club de alterne, me dijeron que tenían los papeles en regla. De haberlo sabido no la habría animado a participar. Al final, le tuve que pagar el billete de avión y dinero para que pudiese alquilar una vivienda en Moscú”. Aparte, el coste del espectáculo en sí apenas alcanzó los 1.000 euros – pancartas y el pago a las chicas-. Aunque, para Javier Martín, “merecía la pena por ver las caras de los políticos en el palco, empezando por la del alcalde, Pedro Álvarez”. Por cierto, el partido acabó en empate a cero.









