Lotería volando

Aunque los tiempos han cambiado y las cosas también, de toda la vida a la gente con dinero se le han abierto las puertas más que a la menos pudiente. Bancos, ayuntamientos… siempre han dado más facilidades a los poderosos. Lo que voy a contar va de eso, de una época en la que aún había “señoricos” (personas que solían tener tierras y manejaban bastante dinero) y roza de alguna manera con el deporte. En 1981 sacamos lotería de navidad y del Niño para ayudar a los gastos del Atlético Tiburón. En la del Niño nos tocó el dinero y lo aprovechamos para hacer un poco más de papeletas para el siguiente sorteo semanal de lotería nacional (10 de enero de 1981). Así, compramos décimos de 1000 pesetas del número 74610 y los vendimos en participaciones de 100 pesetas (se jugaban en realidad 80 y las otras 20 eran para el club). Pues bien, nos tocó el segundo premio, lo que suponía 400.000 pesetas por papeleta y 5 millones al décimo (equivalente a 2400 euros y 30.000 euros actuales). Como tenía pocos días para hacer papeletas, hube de devolver 8 décimos, pero como si intuyera lo que se venía, decidió quedárselos Hidalgo el de la carne. Pero esa es otra historia. El caso es que, unos días después, cuando fui con mi padre (q.e.p.d.) a ingresar los décimos al banco para que luego la gente pudiese cobrar las papeletas, en realidad decidimos ingresarlos en varias entidades bancarias diferentes por aquello de que el Rex tenía cuenta en todos ellos y la mayoría de los banqueros también eran clientes del propio Rex. Pues bien, estábamos haciendo el ingreso de tres o cuatro décimos en la oficina de Banesto, atendidos personalmente por el propio director, cuando apareció don Paco Díaz y, desde la puerta, sin ni siquiera acercarse a la mesa, volea 10 papeletas (4 millones de pesetas) y acto seguido dice al director: “Niño, ingrésame esto en mi cuenta”, faltándole tiempo al director para responderle: “por supuesto, lo que usted diga, don Paco”. Y don Paco se marchó tan campante, como si se hubiese limitado a echar una felicitación navideña en un buzón de correos. El que podía, podía, que yo lo vi.





