Miguel González
Cuando el 25 de mayo, a eso de las nueve de la tarde-noche, echaba la vista atrás una vez certificada la eliminación del Motril en los play-offs de ascenso, me daba la impresión de que no había pasado una temporada sino un mundo. Habían sucedido tantas cosas durante el curso, que cualquiera de ellas parecía lejísimos en el tiempo. Pero es que, si estiramos el recuerdo un poco más, caes en la cuenta de que hace apenas año y medio Fran Maldonado se sentaba en el banquillo blanquiazul, un hecho que ya parece del pleistoceno futbolístico. Sí, desde la marcha de Albarral, la memoria, devorada por mil acontecimientos, no tiene lugar en el C.F. Motril. En dos temporadas, cinco entrenadores y otro para empezar la próxima. ¿Alguien se acuerda ya de Edu Oriol? ¿Y de Pablo Hernández? Hasta cuesta trabajo considerar que el míster más reputado posible, el deseado Emilio Fajardo, pasó con más pena que gloria por el Motril esta misma temporada. El recuerdo del entrenador sevillano con alma motrileña aparece difuso en el túnel de una campaña que empezó a escribirse con renglones torcidos en plena pretemporada. La apuesta por el inexperto Pablo Hernández duró lo que duró una eliminatoria de Copa Federación tirada a la basura en pleno mes de agosto. Como no hay mal que por bien no venga, la directiva se dio el gusto, en segunda intentona, de traer a Fajardo. La corrección parecía haber llegado a tiempo, con la liga aún sin echar a andar. Pero algo no iba. En este extraño Motril bicéfalo, con la familia González Salvador y Luis Martín queriendo ir en la misma dirección, pero, a lo que se vio, por caminos distintos, la duplicidad de secretarios técnicos o directores deportivos o cómo se les quiera denominar (Víctor Barbado “Viti” – Luis Lahera “Biri”), dio lugar a una plantilla que, por lo que sea y aun con la garantía goleadora de Antonio López, no daba la talla aunque se vendiese que era lo más de lo más y suficiente para llegar al ascenso por la vía rápida, campeonando. Entre caramonazos y separar el grano de la paja; es decir, trayectoria irregular del equipo (todo empezó a raíz del 5-0 en Málaga) y carrusel de bajas, nuevas altas, nuevas bajas, paso a un lado de Luis Martín y asunción de plenos poderes para el corte y la confección de Víctor Barbado “Viti”, se consumió media temporada, saldada con el adiós al ascenso directo y con la clasificación para el play-off nada clara. Todo este torbellino acabó llevándose por delante al mismísimo Fajardo. Quedaba el tiempo justo y la solución estaba a “Manu”, Del Moral. Motri e hijo demostraron que no les temblaba la mano con los entrenadores ni, Viti mediante, con los jugadores (treintaicuatro han intervenido en también 34 partidos de liga. Si me cuesta media temporada quedarme con las caras de toda la plantilla, cuando repaso la de este año hay jugadores que, por fugacidad o insustancialidad, me suenan a cromos vintage). El caso es que, con el técnico jienense, el equipo blanquiazul alcanzó una línea estable, cierta velocidad de crucero que le permitió, no sin algún contratiempo (la injusta derrota con el Malagueño el día de los tres goles anulados, el empate en dos actos con el Mancha Real o las tres ventajas desaprovechadas en Mijas), alcanzar la zona de play-off y, dada la regularidad mostrada por Malagueño y Jaén, acabar en el puesto que realmente le correspondía, el tercero, aunque esa “medalla de bronce”, en principio, debió haber llegado desde el poderío y no desde la angustia; más, cuando fue en el mejor escenario posible, en el Nuevo La Victoria y ante el Real Jaén, donde el potencial del Motril alcanzó el grado de exhibición.

Cinco años después, el Motril volvía a una fase de ascenso; entonces fue a 2ª B en aquella desabrida concentración en Marbella a causa del Covid. Ahora el equipo sí sentiría el calor de su público en un play-off, lo que suponía, de facto, un estreno para el club en estas lides. Y si algo ha conseguido la familia González Salvador en estos dos años y medio al frente del Motril es que el ambiente del Escribano Castilla sea la envidia del Grupo 9 de la Tercera RFEF. Un hecho diferencial que se iba a poner de manifiesto en el duelo con el Torre del Mar. El 2-0 encajado en la ida no arredró a la afición motrileña; al contrario. El estadio presentó una entrada como no se recordaba en tres lustros, pero al equipo le faltó ese algo, intangible o no, que no llegó a consolidar en toda la temporada, el que marca la diferencia entre los buenos equipos y los competitivos en todas las circunstancias; los fiables. El Motril ni estuvo cerca de la remontada -solo le bastaba ganar por dos goles de diferencia-, y el ascenso, en realidad, se le quedó muy lejos. Pero de todo se aprende. Al menos, ahora se tiene la sensación de poder estar ahí con todas las consecuencias, de ser equipo con verdadero status de play-off. Será así mientras el compromiso de la familia González Salvador sea el que es. Atrás quedaron los tiempos en los que los equipos estaban medianamente fiscalizados por sus abonados (las asambleas ya sólo son postales entrañables del pasado); ahora, estos se limitan a aceptar de buen grado la gestión de los que les dan el gusto todos los domingos, los dirigentes que ponen o se juegan su dinero. Es lo que hay, y en el Motril, quedémonos con eso, hay.





